Acostumbrada a la forma de proceder del mundo que brinda mayores beneficios a quienes han obtenido más títulos; La Churre veía con extrañeza al doctor en teología, quien dominaba por lo menos 6 idiomas, y que había sido parte del consejo general de la orden carmelita, arreglando la llanta de una bicicleta, cargando cajas, o poniendo la ropa en la secadora porque alguno de sus hermanos lo necesitaba.
Como ya saben el padrino de La Churre es sacerdote carmelita. En el tiempo en que La Churre fue a visitarlo, su padrino era el Prior de aquella casa internacional, en otras palabras, era el administrador pues estaba a cargo del buen funcionamiento del lugar.
Pero él era un administrador diferente, no como la mayoría de los que había conocido La Churre durante sus estudios universitarios o en las empresas en las que trabajó.
Un día durante el desayuno, el frayle vietnamita dijo que no había logrado prender la nueva máquina secadora, que parecía estar malograda; el Padre Miguel (como cariñosamente lo llaman en la familia de La Churre) intentó explicarle como encenderla; pero como al estudiante se le hacía tarde para ir a clases y ya no le quedaba mucha ropa limpia, le pidió al Prior que pusiera su ropa a secar. El padre Miguel dirigiéndose a La Churre le dijo: “demoraremos un poco en salir, pues mi hermano necesita de mi ayuda”.
Acostumbrada a la forma de proceder del mundo que brinda mayores beneficios a quienes han obtenido más títulos; La Churre veía con extrañeza al doctor en teología, quien dominaba por lo menos 6 idiomas, y que había sido parte del consejo general de la orden carmelita, arreglando la llanta de una bicicleta, cargando cajas, o poniendo la ropa en la secadora porque alguno de sus hermanos lo necesitaba.
Su comportamiento era muy diferente a la forma de proceder de la mayoría de los administradores que La Churre conoció. Por ejemplo, uno de ellos hubiera considerado la petición de aquel “subordinado” como una ofensa de alto grado y no se hubiera quedado tranquilo hasta demostrarle su “superioridad”
¿Qué era lo que marcaba la diferencia entre ambos administradores? Pues la humildad. Uno estaba dispuesto a ponerse al servicio de sus hermanos, mientras que el otro esperaba ser servido por todos.
Pero, ¿acaso tener un cargo más alto, más conocimientos, más títulos, una familia unida, hijos amorosos, nietos cariñosos, un buen trabajo, una casa bonita, un servicio en la iglesia, mayores ingresos económicos, etc., nos hace mejores? ¿Cuál es la necesidad de querer demostrar al mundo nuestra supuesta “superioridad”? ¿no será que en el fondo creemos que valemos muy poco?
Indican los psicólogos que las personas que hemos sufrido algún tipo de abuso psicológico en la niñez tendemos a sentirnos inferiores y nuestro cerebro al querer subsanar esos sentimientos aparenta en grado superlativo para así esconder sus debilidades y sentirse mejor que los demás… y no nos damos cuenta que ese complejo de inferioridad nos va convirtiendo en personas soberbias.
Entonces hoy te invito a pensar en aquello que crees que te hace “mejor” que los demás, a identificar la estatua que has construido para ocultar las heridas de tu pasado, y que estás dispuesto a defender a toda costa…
La buena noticia es que esas heridas pueden ser sanadas por nuestro gran Dios. Pídele a su Santo Espíritu que te acompañe en este recorrido, que ponga su bálsamo sanador en tus llagas y que te de ese abrazo enorme que muchas veces te hizo falta para saberte amada(o), porque sólo un corazón más sano es capaz de ponerse al servicio de sus hermanos…
Te dejo la canción de Eduardo Meana: “Lávanos, Servidor” para que hagas tu oración.
Te espero el próximo viernes en este viaje hacia tu corazón. Te abrazo con mis oraciones.
