Mamita María

María presencia constante y silenciosa

Sin muchas palabras, le enseñó con su ejemplo lo que significaba ser una persona consagrada al Inmaculado Corazón de María. El amor de Míceál por la Madre del cielo lo iba acercando cada vez más al corazón de Jesucristo y lo impulsaba cada día a imitar la vida del Maestro aún en medio de sus limitaciones.

Míceál es una persona como tú y como yo, único e imperfecto. No sé mucho de su pasado, pero imagino que su niñez fue normal, con travesuras, descubrimientos y ocurrencias propias de esa etapa de la vida.  Lo que sí sé es que su mamá fue una mujer muy piadosa quien le inculcó la fe en Dios y amor a la Madre del cielo, al punto de hacerlo anhelar su entrega total para vivir en obsequio de Jesucristo.

Tras varios años de formación y siendo ya sacerdote, llegó a Perú para hacerse cargo de una comunidad en las alturas de la sierra y allí conoció a la familia de La Churre y se convirtió en el padrino de bautizo de la hija menor de aquella familia. Pero como los sacerdotes cambian de residencia cada vez que el Prior así lo dispone, Míceál regresó nuevamente a Europa.

Muchísimos años después La Churre volvió a ver a su padrino y pudo descubrir en él una mirada llena de paz y esperanza. Sin muchas palabras, le enseñó con su ejemplo lo que significaba ser una persona consagrada al Inmaculado Corazón de María. El amor de Míceál por la Madre del cielo lo iba acercando cada vez más al corazón de Jesucristo y lo impulsaba cada día a imitar la vida del Maestro aún en medio de sus limitaciones.

La Churre no había tenido una buena experiencia con las devociones a la Virgen, por ejemplo, un año que pasaron todo un verano en casa de sus abuelitos maternos, tuvieron que rezar cada tarde a las seis el largo e interminable rosario. En aquel momento no le encontraba ningún sentido, ni tampoco era capaz de relacionar aquella devoción con un estilo de vida diferente que surge del amor a aquella mujer que albergó en su vientre a Jesucristo y lo acompañó a lo largo de toda su vida.

Sin embargo, durante el tiempo que pasó con su padrino fue comprendiendo que la presencia constante y silenciosa de María acompaña a todos los que la buscan y los guía a la presencia de su hijo amado a través de su santa intercesión. También entendió que en su gran humildad la Madre del cielo no se queda con cada Ave María que se le dedica, sino que se une a nuestras oraciones y le habla a su hijo de todos aquellos que la amamos.

Estoy segura que, así como a La Churre, a través de su ejemplo ese sacerdote ha ayudado a muchas otras personas a ver a Dios y a la Virgen con una mirada diferente… Me pregunto, que habrá sentido la mamá de Míceál al verlo dejar su hogar para entrar al seminario carmelita. ¿Habrá sentido lo mismo que sintió María al ver partir a Jesucristo hacia el Jordán donde sería bautizado y luego llevado al desierto para ser tentado antes de comenzar su ministerio?

Y seguramente, así como Jesucristo, Míceál también tuvo que renunciar a mucho para decir SI al llamado de Dios, pues cada decisión en nuestra vida implica renuncias; pero si esas decisiones van acorde a la voluntad de Dios, entonces darán frutos en abundancia.

Te has preguntado ¿A qué estás dispuesto a renunciar para permitir que se haga en ti la voluntad de Dios?

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